Lee Friedlander, Radiohead y la gentrificación de la fotografía callejera.

Cada vez que alguien ajeno al mundo de la fotografía me pregunta confuso sobre los motivos de fotografiar a gente en la calle, si es o no es ético, se que me espera una conversación complicada. El problema no es que dude o crea que se trate de algo imposible de responder. Se que me espera una larga conversación llena de ejemplos y referencias que difícilmente convencerán a nadie.

Hay que reconocer que el fotógrafo callejero es un espécimen peculiar, incomprensible para la mayoría de ciudadanos de a pié. Observando a desconocidos e intentando disimular mientras apunta con su cámara a inocentes viandantes.

Si alguien ha sabido expresar la ambigüedad de esta disciplina de forma brillante, ese es Lee Friedlander.

En una de sus más conocidas fotografías vemos su propia sombra proyectada sobre la espalda de una mujer a la que fotografía. Es de suponer que la chica desconocía lo que estaba pasando, quién es Friedlander y que su figura acabaría en museos y salas de exposiciones de todo el mundo.

 

Lee Friedlander

A primera vista puede parecer que hay algo perturbador en esta fotografía, más aún si la emparejamos con algún otro de sus autorretratos de aspecto más grotesco. El fotógrafo se presenta como protagonista de la misma manera en la que aparecen los villanos en muchas películas de suspense. Acechando a escondidas, buscando la distancia mínima que permita mantener el anonimato, esperando el momento adecuado para actuar. 

Profundizando un poco más en la obra del autor enseguida nos daremos cuenta de que la interpretación anterior está planteada como un juego de doble sentido. Por un lado está esa idea colectiva sobre la fragilidad, el miedo que hay que sentir -sobre todo todo las mujeres- ante las amenazas externas. Miedo amplificado por las películas, los telediarios y los programas sensacionalistas de variedades. Según esta interpretación el fotógrafo se presenta como una especie de Peter Lorre en las calles de Düsseldorf. En segundo lugar al convertirse a si mismo en protagonista nos hace pensar sobre el mismo acto de fotografiar, funciona por tanto como metalenguaje.

Si esa misma fotografía hubiese sido tomada un día nublado, si su sombra no se hubiese proyectado sobre la espalda de la mujer, nos fijaríamos exclusivamente en ella. Nosotros seríamos los mirones. Dudo mucho que dado el caso encontrásemos connotación siniestra alguna.

Si la chica estuviese de frente y pudiésemos ver su cara, si dejase de ser anónima y se le ofreciese la oportunidad de confrontar, dejaríamos de tener la sensación de acto a escondidas. La indefensión se vería muy amortiguada.

 

Lee Friedlander
Lee Friedlander

Incorporando su sombra en lo que de otra manera hubiese sido una fotografía de calle bastante estándar Friedlander está convirtiéndose a si mismo en el sujeto representado, y de paso plantea una serie de reflexiones sobre lo que significa ser fotógrafo en la calle. Puede ver a través del visor de la cámara algo parecido a lo que vería un paseante que fuese testigo de la jugada. ¿Parezco así de atrevido cuando estoy fotografiando? ¿Es invasivo lo que hago? ¿Realmente puede considerarse molesto si la persona que sale en la foto ni siquiera es consciente de mi presencia?

Nosotros, como espectadores, también entramos en la mesa de juego. Esos trabajos que tanto disfrutamos de tantos autores ¿están hechos de esa manera? ¿nos divertiría si alguien nos siguiese así por la calle?

Cuando veo esa fotografía siempre pienso en una de las canciones de rock más populares de la década de los años 90, Creep de Radiohead.

 

Hace tiempo me encontré con un artículo en el que el guitarrista de la banda, Jonny Greenwood, contaba de donde había surgido la inspiración para la canción. Al parecer esta historia salió publicada en el Chicago Sunday Times, aunque no he podido encontrar el artículo original, únicamente transcripciones.

Según parece Thom Yorke escribió esta canción en su época de estudiante en la universidad de Exeter y habla sobre una chica con la que estaba obsesionado. Yorke a veces la seguía sin atreverse a decirle nada y en esa canción se reconoce como un freak, un rarito, alguien que desearía ser lo suficientemente bueno y especial para que una chica así se fijase en el.

Lo curioso es que un día esa chica fue a uno de los conciertos de la banda ignorando lo importante que era para el cantante.

http://www.greenplastic.com/coldstorage/articles/chicagosun.html

Esa canción fue un gran éxito en todo el mundo y dio a conocer a uno de los grupos más destacados de los últimos 30 años. Radiohead siguen sorprendiendo con música de calidad hoy en día. Thom Yorke es reconcido como uno de los principales creativos musicales de su generación y creep es una de esas canciones que le da consuelo a todos esos adolescentes tímidos que no se atreven a hablar con las chicas y que desearían ser más valientes y atractivos.

En cuanto a la chica de la canción, en cuanto a la chica de la foto, no saben que han llegado a ser iconos culturales, que su historia se cuelga en las paredes de museos o se corea en estadios. 

¿Es Lee Friedlander un rarito, es Thom York un friki? Aunque podemos afirmar que ninguno de los dos es peligroso para nadie, al menos que se sepa, si sería honesto decir que estos métodos de trabajo podrían parecer peculiares para quienes no estuviesen familiarizados con ellos.

También podría especularse con que el motivo de que estas obras no se vean como algo siniestro es por una parte el talento de sus autores y por otra el efecto que han tenido en el público, que las ha aceptado como grandes iconos. 

¿Qué hubiese ocurrido si la canción la hubiese hecho una banda fracasada? ¿Si la fotografía la hubiese tomado un mal fotógrafo? Si el resultado de esas acciones no fuesen valiosas para un gran colectivo de personas seguramente desconfiaríamos de estos dos autores y les criticaríamos por ello.

La reflexión a la que quería llegar es que como fotógrafos, es importante que nos planteemos estas preguntas. La gente está cada día más preocupada por su privacidad y en muchos lugares las leyes se han ido endureciendo para restringir la toma de fotografías en lugares públicos. Mucha gente comienza a preguntar cuando te ven con una cámara sobre tus intenciones -hagas o no hagas fotos. 

Paradójicamente cada vez existe menos intimidad ya que publicamos nuestras vidas continuamente y permitimos que empresas recojan nuestros datos las 24 horas del día para comerciar con ellos. Pero tenemos miedo a que algún extraño pueda entrar en nuestro círculo próximo si no podemos entender sus intenciones o si no obtenemos un beneficio práctico a cambio.

La fotografía callejera es más popular que nunca en una época en la que se está restringiendo cada vez más. Es mi opinión que esa popularidad es lo que la pone en peligro y lo que la criminaliza -entendido esto desde el punto de vista de quién se siente observado. De una época en la que tan solo se veían las obras maestras de grandes autores hemos pasado a un tiempo en el que se enseña todo casi sin filtro. Donde se comparten fotografías intrascendentes de gente anónima en redes sociales, donde se graban vídeos de fotógrafos aficionados en la calle demostrando lo muy capaces que son de aproximarse al prójimo, de parecerse Friedlander, Vivian Maier, Bruce Gilden o Helen Levitt

El reportero ha dejado de ser una persona desconocida, discreta, una sombra y ha pasado a ser una celebrity que busca centenares de miles de seguidores, hace reviews de cámaras para tal o cual marca y se ve obligado a publicar a un ritmo más alto del que es capaz de producir con calidad y reflexión. 

¿Qué ha de pensar una persona ajena al mundo de la fotografía que ve uno de esos vídeos en youtube donde reporteros van a la caza, si está con su familia en el parque y ven a una persona aproximándose con una cámara?

Yo creo firmemente que documentar el día a día es necesario, que cuando miramos en los archivos históricos de museos etnográficos, en las hemerotecas de los periódicos y encontramos fotografías de gente anónima en las calles de nuestras ciudades, tenemos una parte importantísima de nuestra cultura frente a nosotros. Las fotografías son grandes vehículos de comunicación, nos ayudan a entendernos mejor.

No pretendo convencer a nadie para que deje de fotografiar, pero si me gustaría advertir de que como se continúe produciendo pensando en redes sociales, priorizando la popularidad por encima de la calidad, todos pagaremos el precio del mismo modo que muchas ciudades están pagando el precio del exceso de turismo.

Sin su talento, Lee Friedlander y Thom York serían unos raritos y probablemente no muy bien vistos. Si hay que hacer algo que pueda suponer cruzar algún límite de lo políticamente correcto, tenemos la responsabilidad de hacer algo positivo con ello. Al menos intentarlo en la medida en que nuestra capacidad nos permita. Si vamos a utilizar la imagen de otras personas, que sea para contar con ella algo que merezca la pena ser dicho.

 

Como nota final me gustaría aclarar que he cometido la maldad de aislar una fotografía y una canción de su contexto para favorecer una interpretación interesada, asumiendo una lectura del significado de las obras que no tiene por que ser compartida por sus autores u otras personas.

En el caso de Radiohead, en su discografía se reflejan muchas de las inquietudes existenciales del sujeto posmoderno y será raro encontrar banalizaciones de temas importantes.

En el caso de Friedlander la fotografía pertenece a su colección de autorretratos donde es evidente que el sentido del humor es una constante.

 

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