Querer y tener: la fotografía callejera y el budismo.

En una breve conversación en el chat sobre la omnipresente ausencia de trabajo y el estrés que esto produce, Luís me comentaba que en tiempos de crisis seguramente sea más sencillo ser feliz si te haces budista. Como era de esperar no tardé ni dos minutos en pasarle el vídeo de Faemino y Cansado a propósito del budismo. Su comentario fue algo así:

«…habría que hacerse budista para eliminar el deseo de posesión de la vida, que es lo que nos hace infelices.»

A lo que respondí que en mi caso particular, mis expectativas estaban tan bajas que con la autosuficiencia me conformaba.

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Esta conversación enlaza bastante bien con una reflexión que me vino a la cabeza hace un tiempo tras leer El cisne negro: El impacto de lo altamente improbable, de Nassim Taleb. Plantea una reflexión muy interesante aunque no me guste mucho como está escrito ni esté de acuerdo del todo con el autor en algunos aspectos. No deja de ser un libro de auto ayuda fingiendo ser un ensayo filosófico escrito por un economista. Nassim teoriza que en gran parte de los casos el éxito depende más de la suerte que de las habilidades y que a lo largo de nuestra vida aparecen eventos muy difíciles de predecir, para los que no estamos preparados y con un impacto tan grande que cambian por completo las reglas del juego. A estos eventos los llama cisnes negros. Las dos guerras mundiales, la aparición de google, las redes sociales, el 11 S, la penicilina, etc.

Podría decirse que como fotógrafos callejeros, una de nuestras facetas, es la de buscadores de cisnes negros. Escenas que ocurren delante de nuestros ojos y que sorprenden por su contenido, estética, peculiaridad… en definitiva, lo que para Bresson representaba el instante decisivo.

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Pero por definición esos eventos son escasísimos, lo que nos condena a buscar cosas que no aparecen enfrentándonos diariamente al fracaso. Nuestro progreso como reporteros y nuestra autoestima como fotógrafos se apoya en la mejora del porcentaje de acierto a la hora de disparar, consiguiendo de vez en cuando alguno de esos pájaros escurridizos entre cientos de momentos banales. Aprovecho este punto para comentar que uno de los errores más comunes a la hora de afrontar este problema es pensar lo siguiente: «Si hago una buena foto de cada 100 disparos y este año hago 10 veces más fotos que el año pasado, multiplicaré mis aciertos por 10». La experiencia me dice que siempre ocurre lo contrario. Transformar el acto fotográfico en algo compulsivo conduce a un descuido de la técnica y a una relajación en los procesos cognitivos, minimizando la influencia del fotógrafo en el resultado final y disminuyendo el porcentaje de aciertos.

La distancia entre querer y tener es como se me ha ocurrido llamar al hecho de que, a diferencia de lo que ocurre en otros géneros fotográficos, es muy probable que sepas que tipo de imágenes quieres conseguir, tengas la habilidad técnica necesaria para conseguirlas si se presenta la ocasión, pero de forma incomprensible pasen las jornadas de pesca y no tengas lo que quieres. 

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Disminuir la distancia que separa querer de tener es como nos autoengañamos para definir el progreso.

¿Cómo se han enfrentado a este problema los grandes autores? Cada persona tiene su propio proceso creativo por lo que es imposible definir una regla general.

Bresson viajó durante décadas a los puntos calientes del planeta, colocándose en primera línea de la actividad política del siglo XX, donde era más probable conseguir imágenes icónicas. La revolución comunista en China, los últimos días de Gandhi, la España del franquismo…

Robert Frank definió de forma bastante detallada su proyecto Los Americanos clasificando por carpetas las diferentes temáticas que iba a tratar (una carpeta con el título política, otra carpeta con el título coches…) y posteriormente visitó lugares en los que esos temas entraban en contacto con la vida cotidiana( autocines, estaciones de transporte, oficinas de reclutamiento militar, mítines…)

Winogrand estaba muy interesando en las relaciones sociales, lo que le llevaba a buscar lugares donde gran cantidad de personas interactuaban entre si. Parques donde encontrar parejas, zoos donde encontrar familias, fiestas donde se reunía la alta sociedad…

Otros autores ponen tanto de si mismos que en el resultado final el lugar en el que están o la gente a la que fotografían pueden llegar a ser secundarios. Un ejemplo puede ser Paulo Nozolino (recordemos el este artículo)

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Volviendo al tema del Budismo. En tiempos en los que no llegan las fotografías deseadas, posiblemente rebajar las expectativas, el querer, alivie la tensión. Caminar sin ideas, completamente vacío, dejándote sorprender.

¿Puede haber progreso sin competitividad?  ¿puede haber felicidad sin crecimiento? No hay tema más de moda en la política actual.

Fotografías de la serie NYC, Nicolás Cancio.

0 Responses

  • …y la máxima del desapego: si encuentras a Buda por el camino, mátalo. Que en fotográfico sería algo así como: si te encuentras a Bruce Gilden por la calle no le hagas una fotografía. Bueno, eso ya sería pasarse de budista. 😉

  • Y también es importante no perder de vista que Bresson, Frank, Winogrand, y en mayor o menor medida todos, estaban en esos sitios seguramente porque era donde querían y podían estar en ese momento. Es invariablemente su búsqueda personal, la interna, la que hace que sus obras en un momento concreto tengan sentido y valor, es decir, la transmisión del humanismo a través del mensaje de personas concretas. La prueba, creo, es muy sencilla, por mucho cariño que le tengamos a esos cisnes negros que hemos ido encontrando con el paso de los años, dudo que ninguno de nosotros recordemos de memoria más de un puñado de esas imágenes. Sin embargo seguro que nos es mucho más fácil recordar las sensaciones que tuvimos al hacerlas como si hubiese sido ayer mismo.

    • Eso que comentas creo que ayuda a que las fotografías se sostengan con el tiempo. Algunas imágenes muy especiales en cuanto a lo que describen o cómo lo describen tienen impacto inmediato, llaman mucho la atención. Puede ocurrir que en segundas o terceras lecturas se valla apagando la cosa y se olviden, o puede ocurrir que se queden en la memoria, en el cajón de ese puñado de fotos que comentas.
      Otras fotos que podemos ver más cercanas van cocinándose a fuego lento, su impacto inicial es menor, pero más duradero.

      • Sí, y hay que reconocer que también en algunos casos es al revés. El paso del tiempo también puede conllevar una ‘separación’ en cuanto a lo que sentías o pensabas al hacer tal o cual foto, cosa que hace que cuando la vuelvas a ver repares en detalles que quedaban dominados por la subjetividad con la que la mirabas anteriormente, o como si en cierta forma pasaras de ser el narrador a ser el espectador.

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